sábado, 20 de noviembre de 2010

Adolfo Castañón-Enrique Fuentes, un librero anticuario.

I

Si una biblioteca personal es un proyecto de vida, un librero, un vendedor de libros, un librero anticuario es... ¿qué es? ¿Un consejero espiritual? ¿Un tejedor de vidas e imaginaciones? ¿Una suerte de sacerdote o de banquero que tiene como misión custodiar los valores que se le confían? Estas preguntas vienen a mi mente para intentar definir el oficio a que se ha entregado desde hace más de veinte años, con alegría, ingenio y buen humor, mi amigo –un librero ¿no es ante todo un amigo?– Enrique Fuentes Castilla, dueño y animador de una de las escasas librerías dignas de ese nombre que existen en la ciudad de México, la Librería Madero, que gracias al entusiasmo, ingenio y voluntad de “Don Enrique”, como le llaman sus colaboradores, continúa siendo uno de los oasis de la curiosidad mexicana y americana. En sus primeros tiempos, justo al concluir la Segunda Guerra, la Librería Madero era animada por don Tomás Espresate, su fundador, pariente de Neus, la capitana de ediciones era. Ahí se congregaban poetas como León Felipe, escritores y críticos como Margarita Nelken y todavía sobrevive por ahí el sillón en el que se sentaba el poeta español, quien ahí tenía tertulia.

La Librería Madero pasó a manos de la editora Ana María Cama, cuya madre, doña Alba Villafranca de Cama, llevaba otra librería –la Librería Londres– ahora desaparecida. En tiempos de don Tomás, la Librería Madero hizo algunas publicaciones para obsequiar a los amigos cada fin de año: recuerdo ahora un notable libro del propio León Felipe, Macbeth o el asesino del sueño / Paráfrasis de la tragedia de Shakespeare (1954). El libro estaba impreso en los Talleres Gráficos de la Librería Madero y llevaba un dibujo de portada (representando a un rey soldado y un puñal sangriento) y tipografía de un joven maestro llamado Vicente Rojo, quien por entonces contaba veintidós años. Con humildad de virtuoso, León Felipe dedicaba su libro “A don Jesús Silva Herzog –viejo amigo singular–, dedico esta paráfrasis, el esfuerzo que yo más estimo de toda mi obra poética”.* También se publicó en 1957 una antología preciosa (color azul) de Poesías de Gil Vicente bajo el cuidado editorial de Vicente Rojo. En el marco de la celebración del centenario de la Comuna de París, José Emilio Pacheco presentó al público mexicano una traducción del ensayo precursor de Walter Benjamin París, capital del siglo XIX, en una edición fuera de comercio impresa en la ciudad de México. Presentadas y traducidas por José Emilio Pacheco, con diseño de Adolfo Falcón, las Historias naturales (1972) de Jules Renard, amén de un libro antológico singular, la antología anónima titulada Máquinas, imágenes, ficciones (1968) que incluye textos de Fredric Brown y Ray Bradbury, entre otros. Todas estas ediciones estaban destinadas “exclusivamente a sus favorecedores y amigos, con motivo de las festividades de fin de año”.

Más adelante, esa tradición la continuó Ana María Cama, la hermana de Alba Cama de Rojo, quien inventó las ediciones Artífice, donde Esther Seligson publicara La morada en el tiempo (1981), Diálogos con el cuerpo (1981) y Sed de mar (1987) y Angelina Muñiz-Huberman La guerra del unicornio (1983). Enrique Fuentes ha sabido continuar esa tradición de publicación con algún título raro y precioso como el que fue dedicado al curandero decimonónico que dio origen a la voz “merolico”.

Todos estos datos son en cierto modo marginales al quehacer cotidiano de Enrique Fuentes, o don Enrique, como lo apelan afectuosamente sus clientes y visitantes. Actualmente, la Librería Madero compagina sabiamente libros antiguos y modernos, principalmente de autores y asuntos mexicanos. Aquí se pueden encontrar ejemplares raros y curiosos del siglo XVI, XVII y XVIII, desde el facsímil de la Doctrina cristiana en lengua mexicana, impreso por Juan Pablos circa 1539, de Fray Pedro de Gante, hasta algunos infolios y grimorios venerables y no tan venerables de los proverbiales gringos viejos sobre México y América Latina, ediciones de autor, libros descatalogados y revistas nuevas y antiguas, pliegos de cordel, hojas volantes y toda suerte de relicarios. Además de saber cómo conseguir libros y revistas, Enrique Fuentes conoce los libros por dentro y sabe lo que está en juego entre la historia, la historia del arte, la literatura, la cultura popular y la arqueología, entre otras muchas disciplinas. Por eso Enrique Fuentes es un gran conversador, que sabe escuchar y atender, pero también zanjar una cuestión o tirar su cuarto de espadas. Su librería es un comulgatorio ecléctico donde se dan cita los curiosos de todos los rincones: su saber es caudaloso y sorprendente, como cuando le aclara a algún investigador que la voz “gachupín” viene del hecho de que en el puerto de Ávila, en Laredo, España, estaba “el reino de los cachopines”.

Enrique Fuentes es un buen librero. Es capaz de poner en acción sus redes de cazador avezado para atraer la presa codiciada por el comprador leyente. El librero es como un pescador que vive y sueña de cara al mar de los libros: muy temprano ha de levantarse y madrugar como un campesino para llegar a buena hora a esos mercados de cosas usadas que se instalan en algunos puntos de la ciudad o para alcanzar los basureros adonde van a dar libros y papeles. Como un roedor inquieto e infatigable, dotado de olfato infalible y de ojo certero, el buscón de libros revuelve y peina los lugares más impensados. Pero no puede ser el librero nada más un gambusino deslumbrado por el espejismo de los libros incunables y raros. Ha de estar en la mesa de los trucos, asomado al balcón de la ciudad para seguir las mil y una historias, rumores, chismes, anécdotas y sucedidos que le va cantando el cliente que le pide un libro, y así el marino va tejiendo, con el hilo de esas historias, las cuerdas de su red cautivadora. Mesa de trucos, mesa de trueques: espacios de cambios y ventas y reventas; toma y daca y regateo del que va alimentándose la bestia invisible que engendra bibliotecas y que sólo el librero, en este caso Enrique Fuentes, sabe adiestrar y suavizar con su voz cordial y desinteresada de marinero que va arrojando al mar de la memoria y de los libros los pétalos deshojados de esa rosa de los tiempos que se revuelve entre las páginas de los libros viejos. El marino y gambusino que es el librero resulta también como una Celestina y una comadrona, un alcahuete aparejador de aficiones y un partero de obras que son, a su vez, partos del duelo y del dolor... Pero hay detrás o por encima de estos gestos y trueques una mirada clarividente, el ojo sin párpados de la mente que sueña y edifica arquitecturas para los museos imaginarios y las bibliotecas soñadas. Y es que nuestro librero regio (o más bien de Saltillo) tiene también alma edificante. Es arquitecto que sabe adónde ha de mandar un libro para completar la estantería (“librero, librero, tienes, cuando eres mueble, alma consejera y, cuando eres comerciante, espíritu de acaparador...”) y adónde ha de mandar otro que, como una bomba expresiva, haga campo libre al advenimiento de los nuevos libros. Y en esto, también, nuestro amigo tiene en su librería algo que decir –o que callar– pues una librería, como lo sabía François Maspero, librero, editor y novelista, es también un foco subversivo, un eje de imantación del espacio social y por ello mismo es también un teatro de lo increado donde los humores de todo color y cariz se compaginan y como que se funden en el fraseo de una sola farmacia. No en balde Enrique Fuentes Castilla, antes de ser buscón libresco, ha sido seminarista, marinero, explorador –como su hijo Mariano–, representante de una línea aérea, cinéfilo, bibliófilo y amateur en el sentido más pleno de la expresión.

 

II

Cuando Enrique Fuentes se hace cargo de la Librería Madero en el año de 1989, empieza a aflorar en el espacio librero y libresco mexicano una tendencia, que luego se irá agudizando, hacia el descastamiento y la miopía jactanciosa para con la memoria nacional y regional: hay muchas librerías, oficiales o privadas, pero la mayoría de ellas viven con la mirada puesta fuera de México y de América Latina, incluida España. Enrique Fuentes advierte, acaso sin formulárselo explícitamente, esta situación y poco a poco le va imprimiendo a su librería un sesgo definitivamente nacionalista y regionalista. Conviven en sus estantes lo mismo los libros recién salidos de las imprentas con los provenientes de los puestos callejeros y de las librerías de lance, a condición de que su tema o asunto, su autor o sus características los hagan susceptibles de la curiosidad parroquial. Enrique va transformando poco a poco su librería en una herramienta de salvación de la memoria nacional en sus diversos registros –el histórico, el lírico, el artístico, el artisticopopular, el erudito, el político... Sólo le falta vender discos, pero...

El proyecto lo va realizando Enrique Fuentes con tino y desapego, con buen humor campechano y rigor crítico y comercial, pues, después de todo, la librería es un ocio pero también un negocio, un espacio de cambio y de cambalache, aunque también una mesa de debate y una suerte de oasis del chisme y del conocimiento donde los exploradores del desierto libresco vienen a darse cita para intercambiar noticias y ponerse “al día” de los movimientos en los calendarios del ayer; de la edad virreinal a la de la independencia, de los años de la república y la revolución a las más recientes calendas sexenales, la librería, como si fuese un expendio de ultramarinos de calidad, tiene productos para todos los paladares y sensibilidades y acaso especias para alentar a las especies de inminente aparición... El capitán de este barco que surca las aguas del tiempo pasado en libros y revistas tiene una brújula que lo orienta con infalible exactitud; su imantada aguja señala los rumbos del buen gusto y del recto corazón. De ahí que lo vengan a buscar los vendedores de libros viejos precisamente a él y ahí pues, como si fuesen padres que deben desprenderse a su pesar de sus hijos, quieren que al menos sus libros puedan estar en el lugar donde sean “adoptados”, es decir, comprados o adquiridos por unos tutores que los sepan apreciar. El mediador, el agente y artífice de estos librescos celestinajes es Enrique Fuentes –heredero de los Robredos, los Porrúas, losCasillas, los Ubaldos y los Amados, los López Polletti y las Evas, los Rodríguez y los tantos otros–, un hombre con algo de homérico y de cristiano viejo, con algo de gambusino y de viajero que ha logrado, sin aspavientos ni desplantes, mantener viva la noble tradición del libro viejo y no tan viejo en México. Su saber y su eficacia, su buen humor e ingenio le han espolvoreado un poco de felicidad y ajonjolí al cotidiano plato de nuestras anónimas lentejas, es decir, al libro nuestro de cada día. ~

 Tomado de letras libres.

http://www.letraslibres.com/index.php?art=13295

Adolfo Castañón-José María Velasco: el arquitecto del aire.

1

José María Velasco nació en un pueblo del Estado de México en 1840 y falleció en 1912. La historia del arte mexicano en la segunda mitad del siglo xix parece inconcebible sin la figura prístina y clásica, transparente y –como todo lo que es transparente– misteriosa de José María Velasco. Para nosotros, hijos del siglo xx y tíos abuelos del xxi, resulta casi imposible concebir una historia del arte sin la categoría de lo que llamamos paisaje, uno de los géneros pictóricos más socorridos en la edad moderna pero también uno de los de más reciente invención.

Hay que recordar que la voz “paisaje” está asociada a “país”, que a su vez deriva de “pacto”, que es la asociación de los “paganos” que viven juntos o han decidido vivir juntos en el mismo lugar. Los paganos –en francés es más transparente la relación entre païens y pays– son aquellos que no tienen otros dioses que los dioses del lugar. Un paisaje sería así la asociación de algunos pobladores paganos en o alrededor de un lugar –y de sus genios– y de un pacto. Velasco, paisajista, será un pintor extremadamente celoso de dar imagen y representación a los dioses del lugar que le tocó en suerte habitar. Se ha hablado del sentido religioso en la obra de Velasco –más por sus horizontes que por sus episodios–, y esa piedad se desarrolla en él a la par como una función de la inteligencia y como una sintaxis de la sensibilidad, el fervor y el corazón. Pero el paisaje nunca está en bruto, es siempre una invención –algunos lo relacionan con la invención de las ventanas de vidrio que fueron las primeras “marialuisas” o marcos en la presentación y representación de un paisaje, otros a la “tierra en fuga” (landscape) que se ve desde la ventanilla de un tren.

(Oscar Wilde en La decadencia de la mentira se burla de cómo la naturaleza se va poniendo a la moda según los diversos salones. Y es curioso cómo, entre nosotros, el paisaje aparece más tempranamente en la poesía y en las letras que en la pintura.)

La pintura de José María Velasco puede ser una buena manera de comprender estas caleidoscópicas ideas. Salta a la vista que el paisaje del Valle de México pintado por él tras su diáfana presencia, encierra una compleja construcción, una ingeniería de perspectivas aéreas, líneas, proporciones, volúmenes y colores que resulta difícil concebir o encontrar antes de Velasco, por más que haya habido diversos y nobles antecedentes, como los artistas Rugendas, Nebel o los pintores de inicios del siglo xix.

 

2

El paisaje-emblema del Valle de Anáhuac o Valle de México es obra de José María Velasco. Así lo insinúa, con certera transparencia, Xavier Villaurrutia quien, para describir a José María Velasco y su obra, parece limitarse a evocar el paisaje:

 

El azul del cielo del valle tiene una pureza de esmalte. Las nubes que en el cielo navegan, una consistencia de mármol. Los crepúsculos alcanzan variedades increíbles pero raramente y solo por excepción surgen colores inesperados. Aun entonces, una cortina de polvo finísimo atenúa los colores que de otro modo serían demasiado cálidos.
Esa cortina de polvo se formó, silenciosa e insensiblemente, en los lagos de la vieja Anáhuac, hoy desecados.

Las montañas son el marco del valle. La transparencia del aire las aproxima, pero, a medida que a ellas nos acercamos, mantienen, a modo de miraje, su orgullosa distancia. Son de un azul intenso y mate. A veces, toman una coloración violeta. En todas partes hacen actos de presencia. ¡Cuántas veces, al término de una calle, en plena ciudad nos marcan la frontera vertical y magnífica del valle!

Del silencio del valle, ¡qué decir sino que es tan intenso que el oído atento puede escucharlo!1

 

3

Velasco no pintó ocasional ni incidentalmente esa visión panorámica –solía acampar en el sitio antes y durante el estudio dibujado de sus paisajes y, de hecho, hay algunos cuadros que retratan, como si fuesen paisajes en miniatura, su silla plegable, su caja de colores, su sombrilla campestre. Ese espacio físico, mental y pictórico fue muchas veces asediado por el cuerpo y la mente del artista nacido en el pueblo de Temascalcingo y fallecido en Villa de Guadalupe Hidalgo de la ciudad de México.

Sus numerosas construcciones plásticas están preparadas por un sinnúmero de dibujos, esbozos, diagramas y proyectos, pero todas giran en torno a una cierta idea fija, gravitan alrededor de un concepto artístico que será trabajado y pulido una y otra vez por el pintor a lo largo de muchos años y de una serie de apuntes –que toma de la tierra como quien le toma el pulso– realizados por el pintor en vivo, a la intemperie y bajo el firmamento luminoso de los cielos de México. El arte, la técnica del paisaje los aprendió Velasco de sus maestros, en particular del italiano Eugenio Landesio, quien a su vez fue discípulo del paisajista húngaro Károly Markó (1791-1860),2 en quien la pintura de paisajes alcanzó una excelencia raramente vista antes. Además de pintor, Landesio fue maestro de perspectiva y, buen italiano, hombre ingenioso y práctico. A poco de llegar a México, hizo publicar en dos tomos un libro al que tituló Cimientos del artista, dibujante y pintor / Compendio de perspectiva lineal y aérea, sombras, espejos y refracción, con las nociones necesarias de geometría. El libro estaba ilustrado y en su segundo tomo aparecen veintiocho láminas explicativas puestas en litografía por sus discípulos Luis Coto, José María Velasco y Gregorio Dumaine.

Velasco, desde luego, “traía lo suyo”, como dice la voz coloquial: ya desde niño sus maestras y profesoras se quejaban de que al niño solo le interesara pintar y dibujar. En la Academia de San Carlos destacó muy pronto como ayudante y discípulo del italiano cuya obra didáctica de dibujo y perspectiva ayudó a ilustrar. Además, hizo en la Escuela de Medicina estudios sobre la flora y la fauna nativas de México.

Con reveladora perseverancia, dedicó más de trece años a la investigación del axólotl o ajolote, estudió además el fruto conocido como “pitahaya” por sus previsibles beneficios a la industria. Se puede desprender de su obra que hizo estudios de ingeniería, urbanismo y aun geología, como dejan ver los títulos de algunos de sus cuadros: “Pórfido del cerro de los Gachupines”, “Pórfidos del Tepeyac” (pórfido: palabra-contraseña entre los geólogos).

Esta formación tan solvente, así como los consejos de sus maestros y compañeros, lo fue encauzando hacia la realización de ese vasto designio artístico que cristaliza en esos lienzos, cuadros, paisajes cuyo común denominador es el Valle de México. Entre tanto y a lo largo de los años, la mirada del artista se enriquece con el oficio del ojo científico, pues Velasco colaboraría con numerosos dibujos e ilustraciones para la revista mexicana Naturaleza, fundada por uno de sus maestros, Manuel Villada.

No es raro que Octavio Paz aluda al artista como a una suerte de anfibio (axólotl) entre la ciencia y el arte.

Como quien no quiere la cosa, el artista va organizando un arsenal determinado por un afán de pureza y clasicismo para desarrollar una obra específica: una anchurosa visión desvelada por medir el horizonte y por medirse con él desde una perspectiva aérea –uno de los temas tratados en el libro de Landesio.

Esta idea no es exclusivamente de orden pictórico y artístico. Es de índole espiritual o, si quiere peor, mental. Se ha dicho que Velasco es un pintor académico. Ciertamente, lo es, pero cabe recordar que la entrada de la Academia original fundada por Platón estaba presidida por un lema: “Nadie entre aquí si no sabe geometría”. La sed abrasadora de geometría, la construcción de grandes espacios como una necesidad física, el apetito de una monumentalidad sin monumentos, la representación casi imposible de la luz y del arcoíris de la transparencia son unas de las más finas y firmes contribuciones de Velasco a la historia de la pintura mexicana, hispanoamericana y universal.

La visión panóptica y astringente de Velasco parecería deslindarse de la historia. Cabe precisar, sin embargo, que su compromiso con la geografía y con el genio del lugar llamado México no podía pasar por alto ni la historia ni la política (como indican los diversos signos sembrados con discreción en sus lienzos: ferrocarriles, puentes, haciendas contempladas de lejos) ni, por supuesto, la ciencia y el arte. Su poder de astringencia y de conceptualización, su inteligencia artística y estrictamente formal lo llevan, primero, a describir y descubrir un cierto lugar –el Valle de México–, luego, a hacer con ese descubrimiento y esa descripción una propuesta en el orden de las artes plásticas y, en filigrana y más allá, a acuñar una
idea de paisaje que quedaría sembrada en la tradición mexicana casi como una marca comercial y polinizaría el oficio y ejercicio de sus seguidores y sucesores –del Dr. Atl y Diego Rivera a los diversos artistas de la fotografía.

Octavio Paz ha comparado al poeta Manuel José Othón con José María Velasco. La comparación es justa por el nexo orgánico que existe en ambos con la tradición clásica y con la contemplación y experiencia de la Naturaleza:

 

El equilibrio, la sobriedad arquitectónica, los ritmos austeros recuerdan la precisión de ciertos poemas mexicanos. Si Velasco hubiera sido poeta, su forma predilecta habría sido el soneto. Sus paisajes poseen el mismo rigor, la misma arquitectura desolada y nítida, la misma monotonía de los sonetos de Othón. La línea horizontal que los divide tiene la calidad de un final de estrofa. Y hasta se atreve con sobrias rimas, ecos, correspondencias. El cielo frío y azul, inmenso, rima con el agua parada de los charcos, reducido infinito; las nieves de los volcanes, nubes inmóviles, son algo más que un recuerdo, una alusión y un eco de las otras nubes que se mueven, silenciosa e invisiblemente, en la profundidad del cielo: son una verdadera metáfora. Como Othón, logra recrear el paisaje de México sin ninguna concesión, sin ningún adjetivo.3

 

En Velasco se da una convergencia de monumentalidad y de capacidad para reproducir en el grano más fino el detalle de las rocas, plantas y cielos. Esto no podría haberse dado sin una formación de dibujante científico, pero la sed, la necesidad de horizontes vastos y la convivencia constante con la grandeza y con la sencillez hacen de este artista un guía espiritual y moral que en nuestros tiempos, tan socorridos por las diversas variedades de la cursilería, se vuelve imprescindible. No es casual que, desde José Martí, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia hasta Octavio Paz, Raquel Tibol y Olivier Debroise, los más diversos autores se hayan ocupado de este dinosaurio de la pintura (que por cierto audazmente pintó y recreó en sus últimos años la flora y la fauna del Cretácico y Cenozoico Mioceno con estremecedora intuición). José María Velasco es, por todo esto, uno de los padres fundadores del espacio pictórico mexicano e hispanoamericano.

 

4

Si en la obra de Velasco llega a su cumbre el despliegue de esos vastos panoramas del Valle de México, hay que admitir que también ella es, en sí misma, de una magnitud comparable, es decir monumental. Velasco admite haber pintado 273 cuadros de diverso formato desde que salió de la escuela de San Carlos, a lo que hay que añadir el caudal de dibujos preparatorios y la legión de ilustraciones y dibujos de científica índole. La obra de Velasco es en sí misma de una magnitud incomparable. A fuerza de buscar dar realidad a una idea labrada, cincelada por así decir en el lienzo, vivida y pensada hasta alcanzar la transparencia, se resolvió esa ansia de espacio y de luz que solo puede ser interior, de orden ético rayano en lo religioso. El México de Velasco es, además, un México visto por un arquitecto y urbanista, un pintor y un dibujante con ribetes de agrimensor, botánico, zoólogo, naturalista y geólogo. ~

 

 

 

 

 

1 .Xavier Villaurrutia, Obras, con prólogo de Alí Chumacero, recopilación de textos de Miguel Capistrán, Alí Chumacero y Luis Mario Schneider, México, fce, 1953, p. 996.

2. Zoltán Dragon, “Las 15 pinturas de Károly Markó en México”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, primavera, año/vol. xxix, número 90, México, Universidad Nacional Autónoma de México, pp.189-226.

3. Octavio Paz, “Pinturas de José María Velasco”, en Obras completasHoy, núm. 290, en México, el 12 de septiembre de 1942. tomo vii: “Los privilegios de la vista ii / Arte de México”, edición del autor, México, fce, 2003. “Pinturas de José María Velasco” se publicó en la revista.

 

Tomado de letras libres.

http://www.letraslibres.com/index.php?art=15058

Enrique Krauze-José Vasoncelos, la grandeza del caudillo.

Revolucionario, educador, demócrata, escritor, filósofo y místico, José Vasconcelos fue el gran caudillo cultural de México. Este texto fue leído por Enrique Krauze en la ceremonia en que la Biblioteca de México, en justica histórica, pasó a llamarse Biblioteca de México José Vasconcelos.

No la sombra, la luz de un caudillo cultural iluminó la primera mitad del siglo XX y sigue inspirando, a través de mediaciones sutiles, la vida de México: José Vasconcelos. "Es el mexicano mayor del siglo XX", me dijo muchas veces Octavio Paz. Al margen de la obvia relatividad de ese tipo de juicios, quizá tenía razón.


Vasconcelos fue un héroe en el sentido carlyleano del término. Tenía una matriz de cualidades que es difícil encontrar en una sola bio-grafía pero que admiten resumirse y luego desdoblarse en una sola palabra: grandeza.


     Grandeza como sinónimo de diversidad en los papeles vitales que se ejercen por azar o elección, y en el grado de compromiso al asumirlos. Grandeza en el arrojo intelectual, la imaginación y originalidad puestas en cada obra. Grandeza, igualmente, en la dimensión y aún la desmesura de los proyectos, en la fuerza de carácter no sólo para pensarlos sino para llevarlos a cabo. Y grandeza, en fin, en la trascendencia de la creación propia. Unidas por el denominador común de la grandeza, distingo en la vida de Vasconcelos al menos seis vocaciones sucesivas: el revolucionario, el educador, el demócrata, el escritor, el filósofo, el místico.
     Vasconcelos no paseó por la Revolución: la atravesó de pie y a caballo, entre balas y discursos, comprometido con la mente, el corazón y las entrañas. No se subió al tren andando: lo echó a andar. Maderista de primera hora, puso en riesgo y de hecho perdió su buena posición económica en el trance. Fue diplomático del constitucionalismo, ideólogo y poco después efímero ministro de Educación de la Convención, y finalmente conspirador en el exilio. Su visión de la Revolución era intensamente personal y casi incontaminada por las ideologías del siglo XIX y XX: un correctivo social y moral del liberalismo no impuesto sino tutelado por un régimen de inspiración clásica y cristiana.


     Su proyecto educativo, todos lo sabemos, no tuvo parangón en nuestro siglo XX. Su paso por la rectoría de la UNAM dejó mucho más que un lema memorable: abrió el Ateneo de la Juventud a toda la juventud y definió la responsabilidad social de la institución. Meses más tarde, a los cuarenta años de edad, tuvo su momento cumbre en el servicio público, confirió a la educación una aureola de misión religiosa. Platón y Plotino, los misioneros franciscanos del siglo XVI y los jesuitas del XVIII, el mecenas Julio ii y el bolchevique Lunacharsky, Sor Juana y Netzahualcóyotl se dieron cita en el viejo centro de México para inspirar una cruzada educativa que de inmediato sorprendió a propios y extraños por su aliento y originalidad. Nadie en México, ni siquiera Justo Sierra —ese padre fundador de la educación pública mexicana— se había atrevido a instrumentar un proyecto semejante. Daniel Cosío Villegas, el menos sentimental de los humanos, recobró la atmósfera de entusiasmo en aquella aurora nacional:
     
     [...] entonces sí que hubo ambiente evangélico para enseñar a leer y escribir al prójimo; entonces sí se sentía, en el pecho y en el corazón de cada mexicano, que la acción educadora era tan apremiante y tan cristiana como saciar la sed o matar el hambre. Entonces comenzaron las primeras grandes pinturas murales, monumentos que aspiraban a fijar por siglos las angustias del país, sus problemas y esperanzas. Entonces se sentía fe en el libro, y en el libro de calidad perenne; y los libros se imprimieron por millares y por millares se obse-quiaron. Fundar una biblioteca en un pueblo pequeño y apartado parecía tener tanta significación como levantar una iglesia y poner en su cúpula brillantes mosaicos que anunciaran al caminante la proximidad de un hogar donde descansar y recogerse.
     
     Esa cruzada duró apenas tres años. Tal vez a la distancia cabe reprocharle el que no la haya continuado de manera directa, pero esa estancia increíblemente corta fue suficiente para orientar en un sentido misional la vocación de varias generaciones. La creatividad institucional de Gómez Morín en materia hacendaria, la asombrosa labor editorial de Cosío Villegas en todo el orbe de habla hispana, la fundación incesante de obras e instituciones académicas que se desplegó en México entre 1925 y 1950 son inimaginables sin el precedente de la utopía cultural vasconceliana, cuyos ecos resonaron por decenios en todo el continente americano. 


     También la democracia mexicana le es deudora. El periodismo que practicó en los años veinte fue una escuela semanal de educación política para la generación estudiantil. Su ráfagas verbales de indignación no pretendían analizar al país: pretendían mover las conciencias. Y Vasconcelos las movió en 1929, cuando los primeros batallones estudiantiles del siglo XX (luego llegarían otros, no menos apasionados, en el 68) tomaban las calles y las plazas con un mensaje libertario que terminó acallado por las balas. Su campaña presidencial —guiada, como todo lo suyo, por un celo apostólico o más bien profético— adquiere tonos nuevos desde la perspectiva de nuestra reciente conquista democrática. Hace apenas unos años, la lectura de sus episodios dejaba un sedimento de irrealidad: un grupo de ilusos en un país de caciques. Ahora sabemos que el país pudo haber adelantado su desarrollo político si en 1929 Vasconcelos hubiese atendido el consejo de Gómez Morín derivando su movimiento a la formación de un partido independiente. No lo hizo porque esa misión lo rebasaba (él era un caudillo y un arquitecto cultural, no un hombre que pudiera consolidar instituciones), pero su lucha preparó el ánimo cívico para la autonomía universitaria en 1933 y la fundación del PAN en 1939. Es una lástima que la decepción en verdad cósmica que le causó la dudosa victoria de su contrincante haya acentuado en él una vertiente intelectual de intolerancia, prejuicio y esquematismo ideológico que con el tiempo lo llevaría a abrazar causas radicalmente enemigas de la democracia. 


     Pero esa fue sólo una vertiente, porque en las penurias de su nuevo exilio, ya a los cincuenta años de edad, Vasconcelos trascendió su agravio a través de la creación literaria. En 1929 México perdió un político pero ganó al más impetuoso de sus escritores. Nadie antes o después de él ha abierto su vida al escrutinio público como Vasconcelos. El Ulises Criollo y sus tres sucedáneos no son una puntual autobiografía a la inglesa sino una desgarrada confesión agustiniana. Necesitaba expiar sus pecados y sus excesos, verlos en letra de molde, pero invocar también los vientos, las tormentas, los paisajes de sudor y sangre de aquella década reveladora y terrible. Hay en la prosa misma de Vasconcelos el reflejo de ese estado mental de lucha. Nada más remoto a ella que el regodeo de los adjetivos. Sus verbos y sustantivos cabalgan en un horizonte de pasiones entrelazadas, las suyas y las del país.


     Por esos años continuó su vocación intelectual más arraigada: la filosofía. Nueva zona de grandeza: su apetito de totalidad lo llevó a inventar un sistema filosófico que José Gaos ponderó alguna vez no por su rigor sino por el hecho mismo, tan generoso como anacrónico, de su concepción. Para Vasconcelos la palabra todo era la única medida de las cosas: quiso y a veces creyó saberlo todo, expresarlo todo, transformarlo todo, amar y consumirse en la llama, agotar la pasión, desdeñar los límites y luego salvarse. Hasta en su vida diaria hay la huella de esa ambición: redactaba su Tratado de metafísica en plena campaña presidencial y lanzaba sus invectivas políticas en plena redacción de su Estética. Quiso ser el Plotino americano. No sólo escribió una Todología: la vivió.


     En el fondo de todas sus obras y fundaciones se debatía un antiguo espíritu religioso. Esa es la clave para leer y acaso entender a Vasconcelos. La tarea es compleja porque en su religiosidad participan corrientes muy diversas y a veces encontradas. Hay en él un profeta bíblico semejante a Amós, que profetizaba no para sino contra su pueblo. Hay por momentos un heterodoxo que borda actitudes antinómicas o un ortodoxo implacable e inquisitorial. Su gravitación personal puede hacer mucho bien y mucho daño, sobre todo a los más cercanos: entusiasma y conmueve pero también quema y enceguece. No conoce la mezquindad, el cálculo, la pequeña o grande negociación política. Es un solitario y un romántico. Y más aún, un místico prendiendo fuego a los caminos de la tierra. Su vida es la vuelta en redondo de un católico oaxaqueño que abandonó la fe en la juventud sólo para transfigurarla, a cada paso, en obra laica, en obra humana, demasiado humana para no ser falible y concitar la ira del profeta contra el mundo que no lo comprende, una ira que no repara en nada ni en nadie, ni en sí mismo ni en su legado, una ira que finalmente descansa en la vuelta a ese todo primigenio que es la religión materna, la verdad única, la única fe. El autor de El monismo estético desemboca finalmente en el monismo integral, fuente de paz interna pero también de intolerancia con respecto a otros caminos de la fe. 


     En la Biblioteca Nacional pasó los últimos lustros de su vida. En 1941, apenas nombrado director, ya había concebido para ella un proyecto arquitectónico a la altura de su obra fundadora, digno de los famosos "clásicos verdes" que se regalaban en Chapultepec, de las bibliotecas Cervantes, Gabriela Mistral, la Iberoamericana y la Infantil. "Quiero una capilla del Pocito con una cúpula de cuarenta metros de diámetro, como la de San Pedro en Roma". Aunque jóvenes arquitectos avanzaron en los bocetos, aquella consagración de los libros no se llevó a cabo y al poco tiempo —el 27 de noviembre de 1946— Vasconcelos fue nombrado director de la Biblioteca de México. Al llegar, pronunció un discurso notable en el que apelaba a los posibles donantes de bibliotecas privadas, trazaba un ambicioso plan de adquisiciones y suscripciones para mantener viva la institución y advertía sobre los riesgos de una sociedad de "parias", sin libros ni lectores. Como era su costumbre, acuñó un lema: "Mis tesoros liberan".


     Debió reconfortarlo saber que entre los acervos que resguardaba estaba el de su gran amigo recién fallecido, Antonio Caso. ¿Cuántos de esos libros que seguramente volvió a hojear habían sido el tema de discusión en aquellas veladas platónicas en el estudio de Caso en Santa María la Ribera hacia el año de 1908? Y tal vez recorriendo esos estantes recordó otra biblioteca aún más antigua, la de Campeche, primera que conoció en su vida y que evoca en el Ulises criollo: "Entraba en ella con emoción parecida a la que me producían las iglesias [...] el relente de los viejos infolios sugería incienso, y la manera de ensanchar el alma de los libros se parecía al despliegue de la oración". 


     Siendo director de esta institución en los años cincuenta publicó La flama, porque su flama interna no se había extinguido: estaba hecha de ira por el despojo del 29, "pesimismo alegre" por la obra educativa, pasión filosófica y contemplación religiosa. También escribía las Letanías del atardecer. Una joven periodista que lo visitó en sus años postreros entabló con él una conversación deliciosa sobre su papel en la historia mexicana, al cabo de la cual escuchó bajo la mesa un sonido peculiar: las cuentas del rosario. Ese hombre tocado por el absoluto hasta el final y aún en lo más nimio era Vasconcelos. Con esa óptica hay que verlo y leerlo. A muchos les repugna recordar al Vasconcelos de los últimos años. A mí me duelen y entristecen las aristas de prejuicio racial en sus escritos y panfletos, pero esos textos no mellan la admiración que siento por sus libros principales, los que leo de pie. Su vida está allí, abierta y escondida, escindida, para que alguien se atreva a emularla o a comprenderla, no a condenarla. 


     Es un buen signo de estos tiempos democráticos el que festejemos la Revolución Mexicana no por sus ejércitos y balas sino por sus maestros y sus libros. Y es mejor augurio el que converjan entre libros las palabras México y Vasconcelos. "Aquí hay, mexicanos —dijo en su conferencia inaugural— albergue seguro y sereno para esos seres de espíritu que son los libros,almas silenciosas que en cada lector resucitan con variedad nunca agotada". Es verdad, como los trabajos y los libros de aquel Ulises mexicano, alma ahora silenciosa que resucita entre nosotros con vigencia nunca agotada. -

 Tomado de Letras Libres.

http://www.letraslibres.com/index.php?art=6622

Michael Davies-A day in the life of Archbishop Marcel Lefebvre.

To see Archbishop Lefebvre officiating at ordination or confirmation ceremonies, robed in his pontifical vestments, surrounded by gold and incense, one would think that he lives continuously in episcopal splendor. Nothing could be further from the truth. Christian simplicity inspires all his daily actions.

In everyday life Archbishop Lefebvre wears a simple black cassock with the cincture of the Holy Ghost Fathers. The only signs of his episcopacy are his ring and his pectoral cross. When he is at Ecône, the Superior General of the Society of St. Pius X rises at 5:30 a.m., a half hour before the Community. He celebrates Mass at 6:00 at a small chapel on the second floor of the seminary for groups of faithful who come before beginning their day's work.

Around 6:45 a.m. His Grace goes to the main chapel where the seminaries are finishing Prime, and with them prays and attends the community Mass. At 8:00 he goes to the refectory for breakfast, sitting at the head of the faculty table.

After that His Grace is in his office, a little room next to his bedroom, exactly like the offices of all the priests at seminary. There he remains until noon. On the shelves of his library can be found books of spirituality, the Summa Theologica of St. Thomas Aquinas, Acts of the Popes, a dictionary. The former Superior General of the Holy Ghost Fathers has not forgotten his vow of poverty: he gives all books presented to him to the seminary library.

During the morning hours, Archbishop Lefebvre answers his mail, prepares the spiritual talks which he gives to the seminarians each Thursday, does research for the course on papal teachings which he gives every week to the first-year students.

He receives most of his visitors in the parlor. Saturday morning is devoted to discussions with professors.

At 12:15 p.m. His Grace goes to chapel for Sext in community, and leads the Angelus. He takes his lunch in silence, listening with the professors and seminarians to the table reading.
The former missionary is not hard to please, much less fastidious; his food is the same as for the others. Still, one attentive seminarian thinks he has spotted in him a certain predilection for grapefruit.

During recreation after lunch, His Grace loves to be with his sons, to walk and talk with them; unfortunately his many responsibilities seldom give him the opportunity to do so. The afternoon finds him again in his office, where he sees informally the seminarians who wish to speak with him after their classes.

When time permits, he visits the sacristy, the library, the supply room, to make sure that things are running smoothly in these areas.

At 7:00 p.m. His Grace recites the Rosary with his seminarians for the intentions of the friends of the Society. In spite of ferocious demands on his time, he is rarely absent from community exercises. Dinner, then evening recreation, then finally Compline chanted at 8:45 and his day is ended. As he leaves the chapel, before retiring to his room, the Superior General of the Society of St. Pius X kneels on the tile floor of the cloister, before the statue of the Blessed Virgin, for a short prayer. It would not be hard to guess what he is saying to her.

Until the next morning, throughout the house, it is Grand Silence

Antonio Machado-Retrato.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado-Noche de verano.

Es una hermosa noche de verano.
Tienen las altas casas
abiertos los balcones
del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
En el amplio rectángulo desierto,
bancos de piedra, evónimos y acacias
simétricos dibujan
sus negras sombras en la arena blanca.
En el cénit, la luna, y en la torre,
la esfera del reloj iluminada.
Yo en este viejo pueblo paseando
solo, como un fantasma.

Antonio Machado-Recuerdos.

Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
y en sierras agrias sueño ?¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!?

Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.

¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas,
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!...

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!

En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.